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mar rojo atardecer

Cuando la mente se evade: recuerdos, pasado y futuro

Este blog se ha convertido en un lugar de lo más versátil. Lo mismo te digo que tengo un aceite para el pelo nuevo que me encanta, que te hablo de bikinis porque alguien me lo pide o te cuento cómo llevamos el confinamiento o lo que sea de la vida. Hoy, viendo fotos, me he acordado del último día que J. y yo pasamos en la playa. Fue en el Mar Rojo, en Áqaba. Y me ha apetecido escribir sobre ello. Sobre entonces y sobre ahora.

Puedo decir que el día que pasamos en Áqaba fue uno de los mejores del viaje a Jordania. De hecho, de haberlo sabido antes de planear la ruta no hubiéramos puesto un pie en el Mar Muerto y nos habríamos quedado allí un poco más. El día en Áqaba fue un día de calma, de paz, de descanso. Pasamos casi todo el tiempo a orillas del Mar Rojo, en la playa, y a lo lejos veíamos la costa de Egipto.

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diente de leon

En estos días extraños: he aprendido a creer

En estos días extraños me han pasado cosas. Como a todos. A todos nos han pasado cosas. También he descubierto otras cosas. En fin, es lo que viene siendo la vida, pero cuando estamos encerrados por lo visto te das más cuenta de todo lo que pasa, de todo lo que te pasa. Tus sentidos se agudizan, o algo así. Hoy me apetecía escribir un poco de todo esto.

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madrid noche

La alegría en confinamiento, o no

Desde el día en el que nos encerramos/nos encerraron y empezamos a crear nuestra nueva realidad presente y futura, en la azotea de enfrente hay unas sábanas tendidas que nadie recoge. Mi teoría es que son las sábanas de unos chavales chinos que vivían enfrente de nuestro piso. Por las noches, antes de todo esto, los veíamos en su salón, mirando la tele, cenando, charlando. Fue encerrarnos y desaparecieron. Su salón ahora está siempre vacío y a oscuras. Javi dice que esas sábanas son el “símbolo de nuestra desgracia”.
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Lo de volver a la normalidad y esas cosas – y aquí seguimos, encerrados

Tengo la sensación de que todo empieza a ser un poco absurdo, hasta este blog. Aquí, estos días he escrito posts de desahogo personal (que es como el “desarrollo personal” ese tan famoso pero al revés, digo yo) y he escrito también algún que otro post de algo patrocinado. Y es que alguna que otra marca sigue queriendo que escriba cosas patrocinadas. Oye, bien, gracias, si hay que contribuir al absurdo contribuyamos.

Así que hoy me apetece hablar de trabajo y trabajar. O de no poder hacerlo.

Mi trabajo de profesora de teatro no existe ahora. Nada. No doy clases. No tengo alumnos. Bueno, los tengo, espero que sigan siendo mis alumnos, pero ahora están en sus casas, no nos vemos, no ensayamos. Como ya dije, los echo mucho de menos, pero no hay remedio por ahora.

Y mi lista de cosas que echo de menos del día a día y del trabajo crece y crece:

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confinamiento

El vecino del tercero, vivir en una colmena y el confinamiento

Eran las 4 de la mañana del sábado cuando salté de la cama y, de pie, le pregunté a la nada a oscuras que cómo era posible.

—¿Todavía sigue el tío? ¿No se piensa callar? ¿Pero qué le pasa a la gente?— Con el pijama puesto y la cara de llevar intentando dormir desde las 00:00 salí al pasillo. Javi, que también estaba despierto, me miraba con asombro.

Me calcé las botas que tengo en la entrada, cogí el primer abrigo que pillé y me lo puse encima del pijama. Estaba dispuesta a abrir la puerta cuando Javi me paró y me preguntó que dónde iba.

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azotea

Encerrados en casa, cómo lo llevamos

Ya hemos perdido la cuenta del tiempo que llevamos encerrados, ¿qué más da si son 15 o 20 los días que llevamos en casa? Por ahora sí llevo la cuenta de las veces que hemos tenido que salir.

Hemos ido en todos estos días dos veces a la compra al súper, dos a la farmacia y hemos hecho alguna que otra mini carrera por la escalera para bajar la basura cada muchos días. También hemos ido a la azotea tres veces.

La sensación cuando hemos tenido que salir es la de que algo estamos haciendo mal. Vas por la calle y sientes que eres algo así como un delincuente. No por incumplir ninguna norma, porque las salidas han sido siempre muy necesarias, sino porque sabes que mientras más tiempo estemos dentro menos gente enferma.

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