Lo de volver a la normalidad y esas cosas – y aquí seguimos, encerrados

Tengo la sensación de que todo empieza a ser un poco absurdo, hasta este blog. Aquí, estos días he escrito posts de desahogo personal (que es como el “desarrollo personal” ese tan famoso pero al revés, digo yo) y he escrito también algún que otro post de algo patrocinado. Y es que alguna que otra marca sigue queriendo que escriba cosas patrocinadas. Oye, bien, gracias, si hay que contribuir al absurdo contribuyamos.

Así que hoy me apetece hablar de trabajo y trabajar. O de no poder hacerlo.

Mi trabajo de profesora de teatro no existe ahora. Nada. No doy clases. No tengo alumnos. Bueno, los tengo, espero que sigan siendo mis alumnos, pero ahora están en sus casas, no nos vemos, no ensayamos. Como ya dije, los echo mucho de menos, pero no hay remedio por ahora.

Y mi lista de cosas que echo de menos del día a día y del trabajo crece y crece:

Cosas que echo de menos del trabajo

  • Echo de menos ir en metro. Y madre, nunca creí que diría esto, pero es verdad. Entrar, bajar las escaleras casi siempre rotas, ir al andén, que el tren tarde mucho y que no haya sitio para sentarme. Y que no me de miedo que haya mucha gente cerca, incluso encima.
  • Echo de menos ir corriendo de un colegio a otro, a veces a otros colegios.
  • Comer fuera cualquier cosa porque otro día me he olvidado de cocinar.
  • Y echo de menos llegar pronto a cada colegio, ir andando por los pasillos y encontrarme con los niños que me saludan, pequeños y mayores; y a algunos profes majos que me sonríen, porque nos conocemos, mi amigo el conserje… y charlar con ellos de cosas simples, cosas como si llueve o no llueve, las vacaciones, o si la clase está muy desordenada porque mis niños son un desastre y lo mueven todo, “hay que ver, lo intentaré controlar, de verdad, perdona”, suelo decir. Es incontrolable, pero lo digo igual.
  • Echo de menos esperar que lleguen los niños a clase mientras miro por la ventana y que, cuando van llegando, me pregunten si es el momento de ir al baño y también pregunten unas 50 veces “qué vamos a hacer hoy”.
  • Que me cuenten sus cosas. Sus pequeños y grandes dramas, que me pidan consejo de cualquier cosa importante para ellos ese día y me los den a mí, porque mira que son sabios, mira que saben bien ver la realidad, sin filtros.
  • Echo de menos que insistan en hacer improvisaciones todos los días. Y hacerlas.
  • También echo de menos charlar con algunos compañeros al salir o al llegar al colegio.
  • Y las charlas con esos padres y esas madres que son amor, que quieren saber cómo va la clase, la obra, el vestuario, las fechas, el decorado…
  • Echo de menos ir a La Escuela, La Escuela y su gente; y subir a la planta de arriba a ponernos al día, o ir a la tienda de al lado y traer cosas a la gente, o que me las traigan a mí. Y compartir Filipinos sin preocupación, o patatas.
  • Y también encontrarme con los otros profes en sus clases, con la guitarra o el piano, o la batería.
  • Y a mis alumnas de canto y sus voces.
  • Y echo de menos que todo sea música y teatro.

Lo de volver a la normalidad

He leído por ahí un post que explica lo importante que es no volver a la normalidad, a cómo estábamos antes, cuando salgamos. Como si hubiéramos estado viviendo una vida horrorosa y no lo supiéramos, porque había contaminación, ruido, estrés, y cosas malas a montones. Pero qué queréis que os diga, creo que la vida como yo la conocía era buena para mí, y a mí sí me gustaría volver a mi normalidad. Sin ponerme trascendente, no pido mucho, solo tener lo mismo que tenía. Que sí, que quiero paz mundial, que cuidemos al planeta y que todo el mundo tenga lo que necesita, pero mientras buscamos esas grandes metas podemos también apreciar el día a día normal y cotidiano que teníamos.

saconia

Fotaza camino del súper

Que por cierto, me he dado cuenta, soy de extremos. El otro día estaba pensando sobre estas cosas y le dije a Javi lo siguiente: “Teníamos una vida maravillosa y ahora tenemos una vida de mierda”. Primero se rió, luego me dijo que igual no era pa tanto ni lo uno ni lo otro. Pero, aunque sé que tal vez exagero, me parece que un poco verdad sí que es.

Y vale, que sé que hay gente que tiene una vida maravillosa de película, vidas que son dignas de proyectar en el cine, y la nuestra al lado de estas pues era solo una vida normal con sus altibajos. También creo que soy consciente de lo que puede ser una vida de mierda en toda su amplitud, y no creo que eso sea lo que vivimos ahora encerrados los dos. Ya conozco gente que ha perdido familiares o amigos, que es lo peor que se me ocurre que puede pasar en estos días, y nosotros por ahora estamos teniendo mucha suerte en este sentido, pero aunque no podamos llamarlo vida de kk en toda su amplitud, tal vez podríamos definirla como vida que cojea. O vida que no brilla mucho. Así que, sí, a mí dejadme volver a la normalidad y desde ella ya me pongo manos a la obra para intentar hacer un mundo un poco mejor en la medida de lo posible.

La importancia de las listas

Ahora tengo que hacer otra lista de las cosas que echo de menos de la vida maravillosa que teníamos antes del confinamiento. Son cosas bastante concretas. Son poco profundas, nada místicas.

Os animo a todos a que, cuando os den muchas ganas de ver la tele y esos programas horrorosos con números de cosas malas y curvas y gente diciendo que los malos son los demás os pongáis a ello, a hacer vuestras listas de cosas que echáis de menos. Otra lista que os puede ayudar es la de cosas que queréis hacer cuando salgáis. Sin dejarnos llevar demasiado por la fantasía, porque probablemente todo cambie y no podamos estar dándonos abrazos en un mes, ni besos, ni yendo a bares, que es muy importante para estar contentos. Pero probablemente sí que podremos hacer algo más que estar en casa o ir a la compra o a la farmacia. O a trabajar los que estáis yendo sin querer ir.

Hoy vuelvo a despedirme con un “ki o tsukete kudasai!” (気をつけてください!) – cuidaos mucho, por favor.

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