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11 días de encierro por Coronavirus, incertidumbre

Llevo días queriendo escribir un rato aquí. Llevo 11 días de encierro por Coronavirus en Madrid, justo desde que decretaron el cierre de los colegios. Tuvimos suerte, ese día pudimos empezar nuestro confinamiento.

Los mensajes de “todo irá bien” se suceden, la desinformación nos intenta atrapar y atrapa a muchos. Las cosas reales que sabemos las sabemos porque tenemos un amigo enfermero que nos cuenta un poco, pero de forma clarificadora, cómo se viven las cosas en primera línea en la guerra. Básicamente está desolado y, su mujer, una de mis mejores amigas en la vida, me cuenta que ha dicho que siente que su trabajo ahora es “como poner diques al mar”. Y así sigue, yendo cada día a la trinchera, asustado y triste. Pero yendo.

Todavía me acuerdo de cuando los de arriba, hace pocos días, nos querían hacer creer que el coronavirus “no es más que una gripe”. Hay que tener poca vergüenza. Porque esto no era desconocimiento, esto era no querer ver lo que pasa al otro lado, en el otro hemisferio. Desde China veíamos cifras, vivimos el confinamiento contado por gente desde allí. A España llegó al final el virus y tuvimos que seguir oyendo a los que mandan decir que no pasaba nada, que no había que alarmarse.

cuarentena

Ahora la gente casi empieza a concienciarse. Digo “casi” porque en Madrid sigo viendo por la ventana a seres vivientes que sacan al perro 18 veces al día, vecinos de mi edificio que traen a casa a familiares y amigos con el consiguiente peligro que eso conlleva para todo el bloque, y otros que se sigue intentando ir de fin de semana a contaminar otras ciudades.

“¡Qué solidarios somos!”, dicen por ahí. “Los españoles los mejores”. Pero yo sigo sin poder dormir porque a los nervios de la situación se une que el de enfrente decide que es buena idea salirse a la terraza a las 12 de la noche a tomarse una cervecita gritando con su colega, el que se ha traído de la calle.

“Esto en un mes está pasado”, “cuando pase un mes nos acordaremos de esto”. Y no, llamadme pájaro de mal agüero, pero si en China, donde la gente ha tenido una disciplina férrea, han estado 56 días confinados, aquí, que vamos cada uno al sol que más nos calienta, la cosa será mucho más larga… Y si deciden desde arriba que no sea mucho más larga, será peor, moriremos muchos más. Y sí, hablamos de morir, no de enfermar. Morir, porque mueren mayores, mueren medianos y jóvenes. ¿Que hay muchas altas? No digo que no, pero es un número minúsculo frente a los contagiados “oficiales”. Porque no olvidemos que lo normal es que no te hagan la prueba si no eres un ministro, un actor, un futbolista o alguien famoso e importante, si no, te quedas en tu casa, sudas la fiebre, toses hasta que te ahogues y entonces, si eso, puedes ir al hospital a ver si tienen un rincón en el que meterte.

Mamá está en casa. Ya hemos hablado y sabe que no hay que salir. Estoy a más de 500 km de ella y no puedo ir a verla pensando en su salud. Está sola. Ella dice que estar sola se le da bien. Que se ha acostumbrado. Pero yo, veo a ese chaval del piso de abajo saliendo por novena vez a darse una vuelta por la calle, porque sí, porque le da la gana, y no puedo evitar pensar en mi madre, sola, con el virus acechando mientras que gente como él no cuidan de no contagiar a los demás, al edificio, a la vecina que tiene más de 80 años, a gente como mi madre. ¿Es normal tener ganas de matar?

Desde ayer nos hemos encargado de abastecer de comida a nuestra vecina del segundo, que tiene más de 80 años. Nos hemos dado cuenta de que está sola, y no quería molestar. Está sola. Pienso eso una y otra vez. Dice que el primer día oyó los aplausos y no sabía por qué eran. Hasta que lo vio en la televisión. Hoy dejamos la comida en el rellano, llamamos a su timbre y corremos y subimos 8 escalones para hablarle desde muy lejos, y ella hace palmas diciendo cosas como “¡huevos, huevos!”, sonriendo mucho, nos sentimos con una mezcla extraña, entre felices y tristes. Entre tranquilos, porque estaremos pendientes de ella, y preocupados, porque no somos profesionales y no sabemos si al dejar esa comida en su puerta le habremos hecho más mal que bien. Le recordamos que tire todos los envases y que se lave las manos. Pero seguimos con la sensación de que algo no está bien del todo.

Hoy me he pillado un dedo con un cajón. Me ha dolido muchísimo y ha habido sangre. He pensado que un accidente doméstico cualquiera puede ser un drama estos días, los hospitales están hasta arriba, sin medios, no es momento de liarla en casa. Mirad, casi mejor no ordenéis ahora los armarios. No hagáis cosas que no soléis hacer.

No os sintáis mal por estar en casa. Todo es psicológico. Si estáis encerrados lo estáis haciendo bien. Si vais a la compra lo menos posible y vais de uno en uno, lo estáis haciendo bien. Si todo el contacto que tenéis con el exterior es mirar por la ventana, lo estáis haciendo bien. Si tenéis ganas de llorar y lloráis, lo estáis haciendo bien. Si no ponéis todo el día la televisión lo estáis haciendo bien. Si la ponéis mucho, lo estáis haciendo bien (pero ved algo más que programas monotemáticos, por vuestro bien). Si llamáis a vuestros amigos y familiares y echáis un rato de charla lo estáis haciendo bien. Si no os apetece ni hablar lo estáis haciendo bien. Si no os quitáis el pijama en todo el día, lo estáis haciendo bien, y si os vestís y os ponéis estupendos, lo estáis haciendo bien.

Si os obligan a trabajar… ¿qué puedo decir?  No lo sé. No tengo palabras para todos los que estáis en esta situación. Estoy agradecida al personal de los supermercados,  a los sanitarios, a mi amiga la de la farmacia, a todos aquellos que sois imprescindibles. Y nunca deseo nada malo a nadie, pero espero que el karma haga su función y trate como se merece en el futuro a esos empresarios que os obligan a ir a trabajos que no son imprescindibles para la sociedad, que os van a despedir, que os han despedido.

Sé que no estoy escribiendo nada nuevo, pero hoy necesitaba sentarme y tener un rato de desahogo (aunque sea utilizando un dedo menos y escribiendo más lento de lo habitual).

Como dicen los japoneses al despedirse: “ki o tsukete kudasai!” (気をつけてください!) – cuidaos mucho, por favor.

 

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