La historia de Rita, mi amiga de cuatro años

La conocí en septiembre. La segunda quincena. Estábamos en una ludoteca en el colegio y, cada día, coincidíamos la última hora.

—¿Cuántos años tienes, Rita? —le pregunté el primer día.
—Cuatro —dijo con una claridad pasmosa para su edad. Pronunció cada sílaba, cada letra.
Algunos compañeros de su clase lloraban un poco al ver que no se podían ir a casa. Ella los miraba muy seria.

Uno de los días me dijo:
—Azu, ya está Dela otra vez llorando. Todos los días llora. —Miró a su compañera Dela y empezó a darle golpecitos en el brazo para animarla—: no llores, Dela, ¿no ves que es así todos los días, que nos quedamos un ratito y luego nos vamos?
Dela la miraba como si Rita estuviese loca y Rita suspiraba y se ajustaba la mascarilla, demasiado grande para su carita.
Durante aquellos días contamos cuentos, jugamos a las estatuas, cantamos canciones a voz en grito y un día hasta tuvimos Pin y Pon, dos muñecos por niño, y todos contentos.

Nos hicimos muy amigas.

Un día:
—Azu, tengo mocos. ¿Me ayudas?
Normal, con la mascarilla no es tarea fácil sonarte los mocos. La ayudé.

Otro día:
—Azu, ayer jugué con mis muñecos de Súper Mario y Luigi y tengo llaveros, mira.

Un día más:
—Azu, pon música que bailemos.

Otro:
—Azu, me hago pipí.
—Vamos al baño —contesté.
Entramos.
—Oye, me he hecho un poco de pipí, porque no me he podido aguantar.
—No pasa nada de nada, Rita —le dije—, ahora mismo cogemos ropa limpia de tu mochila.
Y se cambió en un minuto sin dejar de repetir, «es que no me he dado cuenta, ha sido de golpe». Nunca dejaba de fascinarme cómo se expresaba.

El último viernes de la ludoteca quise despedirme.
—Rita, hoy es el último día que estamos juntas. La semana que viene vienen los mayores y tengo que irme con ellos.
—¿Por qué?
No me esperaba esa pregunta, palabra.
—Porque sí, porque es lo que me toca.
—No, tú quédate con nosotros.
—No puedo. Así que ya no estaremos juntas.

Esa misma tarde recibí un whatsApp de mi compañera: había visto a Rita llorando por la calle, su padre le contó que era «porque no iba a ver más a Azu». El corazón se me encogió.

El lunes siguiente, cuando entré por la puerta del colegio, desde un lateral escuché una vocecilla: «¡Azuuuuu, Azuuuuuu!». Miré y vi que era ella. Rita.
Me acerqué corriendo y me agaché para estar a su altura.
—Estoy aquí, Rita. ¿Lo ves? Cuando te dije que no nos íbamos a ver más lo dije mal, nos vamos a ver todos los días. Yo me voy con los mayores pero al entrar voy a venir a saludarte. Cada día.
Ella me miró con los ojos brillantes mientras se mordía el labio de abajo.
—¿Vas a venir luego? —me preguntó.
—Sí. Pero solo un ratito.
—Pero solo un ratito —repitió.
Nos despedimos y la vi soltar alguna lágrima.

Han pasado ya cinco meses desde aquello y cada día, cuando cruzo la puerta del colegio escucho su voz llamándome:
—Azuuuu.
Yo me acerco, me agacho, ella da saltitos. No nos abrazamos porque no podemos, pero hablamos un rato de cosas sin importancia. Cómo le ha ido el día, si está contenta… me cuenta historias, como que ha puesto el árbol de navidad, me enseña algún dibujo que haya hecho ese día y me hace preguntas, como si sé quién es «la Patarrona». Como yo no lo sé me lo explica. Y escucharla es una maravilla.

—Adiós, Rita. Mañana vengo otra vez.
—Mañana vienes otra vez. Los mayores se portan fatal, ¿verdad?
—Verdad. Tú eres mucho más buena.

Estas son las cosas por las que, aunque esté siendo un curso horrible, aunque todo sea demasiado duro y no estemos al cien por cien de alegría, a mí me merece la pena. Y lo escribo aquí para recordármelo porque muchas veces se me olvida.

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