vela

Navidad: inténtalo, pero no te agobies

No pretendo venir aquí a dar consejos, faltaría más.  No daría jamás un consejo si no me lo han pedido. Solo quería contar cómo estoy intentando afrontar esta navidad extraña que se acerca, por si a alguien pudiera servirle de inspiración. O servirle a secas.

Hace días que mucha gente cercana me cuenta que duerme mal, o que se despiertan en mitad de la noche y así se quedan, sin lograr volver a conciliar el sueño. Que tienen dolores de cabeza. Yo misma no dejo de tener migrañas, y eso que estoy en época de tratamiento con mi neuróloga, si no, no quiero ni imaginármelo… Y a mí me parece, sin ser adivina ni psicóloga, que esto tiene que ver con los días raros que estamos viviendo. Que más que días son meses. No paramos de hacer como que no pasa nada, como que todo está bien, sabiendo que no lo está.

El año pasado en navidad, después de celebrar con la familia el 24 y 25, cogimos dos aviones y nos fuimos a Japón. La perspectiva de este año es estar en casa, más casa y un poco más de casa. Es probable que este año ni vayamos al sur, a Palma del Río, a Córdoba, a nuestra tierra. Es una decisión difícil, porque ahora poderse de forma legal se puede, pero todo parece indicar que lo mejor es aguantar un poco más, esperar, seguir teniendo esperanza, pensar que el final de lo malo está acercándose. Ojo, no critico a quien decida hacer lo contrario, viajar y celebrar, libertad ante todo, si lo hacéis con cabeza, bien hecho estará, pero yo trabajo con niños y adolescentes, y aunque vamos todos protegidos y cumpliendo protocolos, es contacto con mucha gente cada día. No sé, nunca se sabe… Imagino que el 24 por la tarde haremos vídeollamadas varias, para ver la cara de los nuestros, para contarnos cosas poco importantes y quejarnos juntos, y a lo mejor, enseñarnos el árbol de navidad y cosas así.

Pero ¿qué podemos hacer para que el ánimo no decaiga? Me pregunto. Lo primero, entender que si decae no pasa nada. Que hay que dejarlo estar, que no hay que sentirse culpable por amanecer un día más triste de lo que esperábamos. Si viene, que venga, si viene, hay que pasarlo, esperar y llevarlo tan bien como se pueda. Lo escribo aquí para leerlo yo también, que esto es lo menos fácil de todo.

El otro día entré en la pequeña oficina del cole, en la que nos reunimos todos los compañeros de trabajo, antes de empezar la jornada. Dije “hola” y todos me miraron. C. me preguntó: “¿Qué te pasa?” (Ahora lo pienso y, ¡madre mía! ¿Qué tipo de “hola” soltaría al entrar por esa puerta?). Le contesté lo siguiente: “que hoy no me aguanto ni yo”. Mi compañero D., entre risas, dijo que me dejaran, que en momentos así lo mejor es dejar a la gente. Yo no pretendía ser borde ni nada de eso, palabra, pero no me salía ser simpática o estar sonriente. Y no pasó nada, nadie se enfadó conmigo, ni se sintió mal, todo siguió como siempre.

Estos días estoy intentando centrarme en hacer cosas que me gustan. Bueno, desde marzo estoy en ello, pero ahora lo hago de forma más consciente. No es egoismo, es autocuidado. Esto no hace que me olvide de los demás o que no sea consciente de lo que muchos de los que me rodean están viviendo. Es solo búsqueda de estabilidad.

Leo mucho mucho. De todo, cosas buenas (¡qué gusto!), regulares (ainss), y malas (para aprender lo que no hay que hacer). Y escribo más. Aunque mi novela, terminada ya, está reposando como el buen vino (y en manos de una lectora beta), no he dejado de escribir otras cosas: relatos, diarios, tweets, lo que sea, pero escribir. Estoy decidiendo todavía cosas como el título o diseñando la portada. La vida de una escritora independiente no es fácil. Como entiendo que a todo el mundo no le divierte escribir, yo te diría que, por lo menos, no dejes de leer. Si eliges bien es la mejor forma de salir de la oscuridad (a no ser que escojas a mi adorado Stephen King, entonces será una oscuridad de las buenas, de las que te dan vidilla, pues bien también).

Canto. Cada día canto un rato largo, porque lo disfruto. Y doy clases de canto, así que para las clases de diciembre, buscando animar a mis alumnas que son amor, he elegido tres villancicos que acabarán sonando preciosos. Que sí, que vamos a cantar el “burrito sabanero”, y mientras cantemos bailaremos un poco. Vamos, no me digas que así no te animas… aunque no lo pretendas sucede. Entras a la clase de bajón y sales feliz. Así que canta, aunque no tengas ganas, ponte una canción que te guste, y verás como funciona. Te doy mi palabra. Funciona afines o no.

Bailo. Esto me da vergüencita contarlo, pero bueno, estamos en familia. No bailo bien, ni medio bien, ni regular, pero no me importa. Me pongo los auriculares y me planto en medio del salón y bailo una canción de principio a fin. A veces con la escoba en la mano. Qué imagen ¿verdad? Pues déjame decirte que también funciona. Prueba. No tiene ni que ser una canción animada, con que te siente bien ya vale, y tú, mejor que nadie, sabes qué canción es la que te va bien, cuáles son las mejores para ti.
arbol navidad

He puesto el árbol de navidad. Para nosotros dos, sí. Y si un día estoy de mala leche, encenderé las luces, y si estoy contenta, las encenderé también. Y tiene bolas que brillan, y algunas con purpurina. La vida siempre es mejor con brillo, aunque luego estés tres meses encontrándote purpurina por los rincones. Así que, aunque no pienses hacer grandes celebraciones, si tienes árbol o Belén, te animo a ponerlo.

Pongo velas. Cada noche enciendo una vela. Puede tener significado terrenal o no, eso va a gusto de cada uno. La vela te pone contento. O eso me parece a mí. Pero, no sé, prueba a hacerlo y me lo cuentas.

Por supuesto, nada de esto es mágico ni evitará que eches de menos lo que echas de menos y a los que echas de menos… pero por intentarlo que no quede.

Espero que paséis unos días buenos, que os queráis mucho, os den y deis mucho amor. Ojalá todo os esté yendo bien y os encontréis mejor. Y, os lo vuelvo a pedir en serio: “ki o tsukete kudasai!” (気をつけてください!) – cuidaos mucho, por favor.

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