desierto rojo

Mariko sin GPS

Nos subimos a un jeep y empezamos a recorrer el camino a través de dunas y montañas rocosas. Después de un rato de viaje paramos y Mariko nos señala una montaña de piedra. Por gestos nos dice que subamos. Me duelen los pies porque ayer pasé todo el día andando, así que le digo a los chicos que suban ellos. Se van y me quedo en el campamento base viendo unas familias de camellos que andan bebiendo agua, y observando el trajín del campamento. Van llegando más grupos en sus jeeps.

Las montañas son rojas y de tierra, el suelo está caliente. Mis compañeros vuelven muy colorados, no llevaban agua para la pequeña excursión, se les ha olvidado. Han subido y bajado la montaña de roca en pocos minutos. Volvemos al jeep, avanzamos un poco más y llegamos a la Gran Duna. Bajo del coche de un salto y me acerco despacio. Es tan alta que casi no veo el cielo. Subo un poco y después me dejo caer por la arena caliente, noto como la arena entra en mis zapatillas, casi quema pero es agradable.

Cuando el sol está en su punto más alto paramos el coche al pie de una montaña de roca. Nos resguardamos en un hueco natural que la piedra ha hecho. Mariko canta bajito mientras cocina. Ha hecho un fuego con pequeñas ramitas que ha encontrado y, cuando termina, nos repartimos un guiso delicioso. Pasamos resguardados las dos horas de más calor del día en nuestra piedra. Lagartos enormes y pájaros redondos vienen a mirarnos y se preparan porque saben que las sobras tienen un lugar concreto en un hueco de la piedra. Cuando nos vamos empieza el festín para ellos.

Pasamos el resto de la tarde saltando por el desierto con el jeep por rocas, dunas rojas, un montón de arena, puentes de piedra y cañones. Todavía seguimos dándole vueltas a cómo Mariko sin GPS, mapas ni nada puede guiarse por el desierto tan tranquila. Nosotros en dos minutos allí habríamos estado perdidos.

Al llegar al campamento corremos a un mirador para ver la puesta de sol. Es un atardecer rojo, rosa, naranja, silencioso, espeso, lento. El sol por fin se esconde detrás de la montaña y el cielo va cambiando una y otra vez sus tonos. Nadie es capaz de decir ni una sola palabra. Y no quieres que se acabe.

En el campamento hay duchas, podemos quitarnos la arena y refrescarnos con un hilito de agua.

Brillan entonces las estrellas y los veloces starlink. Una luna casi llena ilumina el paisaje. Cuando nos vamos a dormir nos damos cuenta de que, desde la pared de cristal de nuestra tienda, al final de la llanura, iluminada por la luz de la noche, vemos la Torre Eiffel.

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