En agosto, cada año, vivimos el aniversario del estreno de Dirty Dancing, la película en la que Patrick Swayze y Jennifer Grey conquistaron el mundo y a la audiencia de todas las edades, la película que se convirtió en una de las primeros musicales feministas (sin que nadie lo notase mucho). Y como estamos en agosto, me apetece escribir y, además, soy una de las mayores fans de la película, hoy vengo a contarte cositas y a recordar otras sobre Dirty Dancing, sus protagonistas, la relación que hubo entre ellos y cómo esta película sigue sobreviviendo como un clásico inimitable casi cuarenta años después de su estreno.

Corría el verano del 87, un grupo de adolescentes nos reuníamos en el piso de los padres de una de las chicas de la pandilla. Alquilamos une peli para un recién estrenado VHS y juntamos un montón de chuches. Escogimos Dirty Dancing porque nos gustaba la música, los bailes y porque parecía que iba a ser una historia de amor. En mi pandilla de entonces, tanto chicos como chicas amábamos la música, preparábamos coreografías para celebrar los cumpleaños, nos regalábamos cintas de cassette, pasábamos las tardes de verano en el barrio en pandilla, charlando sin más, comiendo pipas, polos flash e incluso planeando guateques, «a lo retro», como los que sabíamos que hacían nuestros padres décadas antes. Así que no fue rara la elección.
Le dimos al play, y las chuches fueron pasando de mano en mano mientras el silencio se hacía dueño de aquel salón en el que casi no cabíamos, porque éramos un montón; algunos hasta nos tuvimos que sentar en el suelo. Recuerdo que aplaudimos con el final, gritamos, y que, sin dudarlo, decidimos rebobinar la cinta y darle al play otra vez para volver a verla antes de devolverla. Qué tarde más buena echamos…
