La música mueve el universo y mi mundo

Cuando era muy pequeña, creo que tendría cinco o seis años, mi madre me compró una cinta con cuentos leídos, es lo que hoy día se llama audiolibro, pero en plan retro. En esta cinta, entre otros, estaba el cuento de El patito feo. Lo recuerdo con total claridad, tanto es así que sé que en plena apoteosis del pobre patito saltaba la cara A y debía correr a darle la vuelta a la cinta y poner la cara B.

Y dirás ¿te acuerdas de lo que escuchabas a una edad tan temprana? Sí, rotundamente sí. ¿Por qué?, te preguntarás. Porque tenía música. Cuando el patito feo se quedaba solo porque era diferente a los demás y le daban de lado, sonaba un fragmento de El lago de los cisnes de Chaikovski y entonces, matemáticamente, yo empezaba a llorar y a soltar unas lágrimas como puños. Mi madre la primera vez me preguntó si prefería quitarlo. —¡NO! —grité yo—. Me gusta.

No me gustaba, me encantaba. Sentía esa música hacerme en el pecho cosquillas de las que te hacen llorar, y quería escuchar el cuento una y otra vez (menos mal que al final el pobre patito acaba más que bien y mi pasión por el drama no se acentuó más de la cuenta).

Desde entonces han pasado varias décadas, y cada vez que suena “El patito feo” (que es como yo llamo en mi mente a la pieza), noto esa emoción que me llena y las ganas de llorar. A veces lloro, a veces no, depende sobre todo de dónde me pille la música. Hoy he vuelto a escuchar esa canción en una lista aleatoria de música clásica de una aplicación y me he visto en el salón de mi casa de Palma, sentada en el sofá marrón, atrapada en la historia y en la maravillosa banda sonora.

Por eso me apetecía reflexionar brevemente sobre música, sobre el poder de la música en toda su amplitud. No es esto una disertación teórica, más bien recuerdos y reflexiones.

¿Te pasa a ti? ¿Hay alguna canción que te lleve a un momento especial? ¿Más de una? Estoy segura, te pasa.

Si oigo cantar a Azahares y escucho a mi padre, empiezo a sentirme muy bien, me acuerdo de los ensayos en los que tantas horas pasé, con mis amigos Noemí y Jacobo, cantando con ellos, y a ratos nos veo perdiéndonos a jugar en los pasillos del local en el que estuviesemos. Y recuerdo los caminos con mi padre de ida y vuelta al ensayo, charlando de nuestras cosas, los viajes en autobús, los conciertos. Todo es alegría.

Cuando dirijo una obra de teatro, ya sea con mayores, adolescentes o niños, la música me hace la mitad del trabajo. Lo confieso, es tal cual, como lo estáis leyendo. Imaginemos una escena en la que los protagonistas están enamorados y tal vez a los actores les falta una breve pizca de emoción. Elijo la canción adecuada y ¡listo! Escena arreglada y emoción multiplicada por mil. Le sirve a los actores y le sirve a los espectadores. Os aseguro que he oído a gente llorar en el público con la muerte de un Romeo y una Julieta de once años, aunque ellos soltaban alguna risita, y sé que es porque (además de que el texto de Shakespeare es magnífico) sonaba Who wants to live forever de Queen. Maravillosa solución.

Si estoy escribiendo y no encuentro inspiración me detengo, busco una canción, cierro los ojos y en pocos minutos estoy lista de nuevo. Si algún tema de los 80 hace aparición en mis oídos, es tanta la amalgama de sensaciones, los flashbacks que mi mente reproduce, que el corazón se me encoge en el pecho, o se me expande, dependiendo de qué canción suene, y de si me recuerda un momento de felicidad total o algún recuerdillo de esos de la adolescencia que todavía fastidian. ¿Ejemplo? She’s like the wind, de la Banda Sonora de Dirty Dancig. Año 87, pandilla junta en una casa, un reproductor de vídeo, la película de alquiler, chucherías y silencio total al pulsar el play. Nos juntamos unos diez niños de doce años en un salón y no se oía ni una mosca.

Si suena el Sapo cancionero de los Chalchaleros me acuerdo de mi padre, cantándolo como nadie hasta su último día, era magia, oíamos esa canción juntos y su voz resonaba como si el tiempo no hubiera pasado, cada vez. Y con El niño y el canario de Jorge Cafrune y Marito, lloro. Así, lloro. Porque era nuestra canción.

Roberto Carlos me trae recuerdos de mediodías en casa con mi madre, nos poníamos con algún vinilo y la letra y yo me la aprendía de memoria. Creo que con siete años cantaba a grito pelao la canción Cama y mesa.

Si llevo un día horrible decido entre perderme entre melodías tristes y dejarlo salir todo o buscar una canción alegre de verdad e intentar que me cambie el humor. Y funciona en los dos casos.

Y paro ya porque podría seguir haciendo un repaso musical de varias vidas. Hoy mi canción es una que aparecerá en mi próxima novela, Espérame en Weimar, todavía no os digo cuál es pero espero que todos la escuchéis cuando llegue el momento, cuando se mencione en el capítulo correspondiente. Tanto es así que creo que podré una nota de autora al comienzo del libro para que no se os pase por alto. Porque os doy mi palabra de que la escena con esa música os gustará mil veces mal. O un millón, lo estoy decidiendo.

Y es que, con música, todo es mejor. Gracias, música, por existir.

Me despido como siempre con un “ki o tsukete kudasai!” (気をつけてください!) – cuida

2 pensamientos en “La música mueve el universo y mi mundo

  1. Frida

    Completamente de acuerdo, la música es pura magia y la mitad de una película es su banda sonora, hay escenas que no serían lo mismo sin la melodía que les acompaña. A mí Dirty dancing me encanta y cada vez que escucho hungry eyes me emociono y revivo momentos pretéritos.

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